Bares, que lugares

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  No se donde escuché eso de que no hay nada mas fiable que lo que apunta un camarero con tiza en la barra. De siempre he tenido el gusanillo de borrar, y no por no pagar, si no por ver si se daba cuenta. Cualquiera. Esos señores casi siempre de camisa blanca, deben de tener un don. Memoria de elefante y paciencia infinita.

 

  Eso de llegar a un bar, que no has estado nunca. Al rato ya parece que eres del barrio. Me refiero a esos locales, en donde la estética pasa a un segundo plano. Esos casi siempre con barra de aluminio y fría, a veces, por que en los de madera parece que es mas caro, y depende cuando o con quien, entro o no. Donde van llegando personajes, que al estar como en su casa lo dan todo. El camarero, parece que lo huele, ya tiene su habitual (lo que tome) preparado, y se dispone a escuchar en sesión impagable sus desventuras, para luego aconsejarle sabiamente.

 

 Allí, donde ponen los chochitos, se discuten grandes problemas del mundo mundial, y cuando llega la hora de los mochuelos a su olivo, parece que todo está zanjado, incluso algún convencido ha cambiado de opinión y hasta de partido. De equipo imposible. Allí se reúnen jueces, abogados y notarios (el de la tiza), ese que incluso parece que apunta lo que dice.

 

  En alguno, y no es la excepción que confirma nada, he perdido los escrúpulos. Recuerdo especialmente los de polígono. En uno de ellos, que siempre iba a desayunar tostadas con jamón, no puede evitar fijarme, y por desgracia no pude, en en ese artilugio llamado uña del meñique, crecida a propósito, de la mano que sujetaba el jamón mientras lo cortaba para mi tostada. Me mudé de polígono. En el nuevo emplazamiento, había otro bar, pequeño, junto a la nave. El único en la calle. No se desayunaba mal, buen café, con camarero/dueño bético, macareno y Heavy. Entretenimiento asegurado. Pero por desgracia, dirigí la mirada a la pequeña cocina, el saco de pan, si, el de mis tostadas de jamón ibérico, descansaba en el suelo, junto al cubo de la fregona. En alguna ocasión pude ver la fregona volar por encima de las vienas y bollos que tanto me gustaban. Para colmo, el meñique del camarero segundo, era igual pero mas sucio que el anterior. Me mudé de bar en este caso. Tenía que coger el coche, pero merecía la pena. Junto a la autovía, gran mesón, camareros de uniforme y pajarita, se atendía con previo pago de tickets para no manejar dinero en la barra. Pero un día y sin previo aviso, uno de los de pajarita o con pájara, se dispuso a salir de la barra de madera, cuando un compañero le llamó, y el sutilmente dijo, "a cagar, voy cagar, ¿o no puedo cagar?". Repitió ese verbo hasta en tres ocasiones, después de darle un bocado a la tostada que me había servido. Cerré la empresa para trabajar de freelance.

 

  Libre al fin de locales impuestos y de impuestos locales, podía conocer mundo, adquirir experiencia en el arte de las tostadas, y las tapas. Me aprendí el nombre de muchos desayunos. Entera de los Palacios, completo andaluz, la típica catalana, las mil y un tipo de mantecas y foie gras, (fuagrás en Sevillano). Y de sevillanas maneras, suelo repetir, así que me convertí en personaje de los que el camarero ya sabe lo que quieres nada mas verte la cara, te pregunta por el trabajo, los hijos y hasta se acuerda de tu mujer que la llevaste un día para que supiera donde parabas entre horas de trabajo. Y aunque por alguno ya ni paso, el día que me pilla por la zona, entro, y parece que nunca me fui. Mismos personajes, mismas charlas y en la barra un señor de blanco que te recibe como al hijo pródigo, e incluso te invita a última por el regreso y la despedida.

 

Bares, qué lugares
Tan gratos para conversar
No hay como el calor del amor en un bar

"Gabinete Galigari"

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Aníbal González Pinto / info@anibalfotografo.com /+34 649215985